Publicidad:
Terra
La Coctelera

Cuarta aventura de hereje y Van den Eynde. Por la serranía de Ronda

Andalucía, tierra de contrastes. Lo mismo te cantan por bulerías que por seguidillas.
La estancia de Hereje y Van den Eynde en Ronda estaba siendo bastante normal, sin sobresaltos. La sobrina de Hereje nos había manejado a su antojo durante todo el día, y sólo queríamos descansar.
Van den Eynde entró decidida en la tienda del fotógrafo. Hereje la siguió totalmente convencido. La sesión fue rápida: las dotes interpretativas de la pareja saltan a la vista.
Nos crecemos y disfrutamos del momento. Y en tremendo ataque de generosidad decidimos enviárosla y dejaros que recuperéis el aliento.

Tercera aventura de Hereje y Van den Eynde. El Canijo (o cómo el fenómeno fans puede acabar con la dignidad de personas aparentemente normales). Segunda parte

Segunda parte: El largo camino a casa

El puretamóvil, coche de contrastes: en él reposan el culo altos ejecutivos de la Philips. Mentes inocentes que ni se imaginan la cantidad de usos que tiene el asiento del copiloto, otomana de placer. Hereje le ofrece las llaves a Van den Eynde, que falla en la recepción media docena de veces. Hereje capta la indirecta y sube al coche mientras Van den Eynde expulsa su último gintonic entre refinadas arcadas. Arrancar el coche, tarea difícil. El pureta se cala como un perro bajo el chaparrón y Van den Eynde recobra la cordura después de cinco golpes contra el cristal.
La Bebe pasea tranquila por el parking. Ha disfrutado del concierto. Un salto flexible y ágil la salva de morir atropellada.
Hereje se siente feliz e inspirado. Es el momento de las promesas de amor eterno al Canijo y su pito. Imagina el altar para el pito; se decanta por el clásico mueble vitrina. "Por encima de mi cadáver". Hay pocas cosas de las que Van den Eynde esté tan segura.
Con tanta emoción el puretamóvil se salta varios semáforos. Por el camino deja, además de la Bebe: dos peatones infartados, dos eskins ofendidos y un conductor bastante cabreado.
En la calle Gonzalo de Córdoba cunde la alarma. "¡Dios, Hereje, nos han cambiado las llaves, la puerta no se abre!" Hereje mira a su alrededor, desconcertado. Van den Eynde se ha confundido de piso.
En el nido de amor de Hereje se aburren Juan, Marta y Diego. "Los muy desgraciados quieren sus diez segundos de fama en nuestras aventuras, Hereje." Ese coloso, ese hombre feliz esgrime amenazante el pito del Canijo ante la mirada transtornada de los presentes. Diego, el de las mil lenguas, insulta a Hereje por no haberlo llevado y le come la oreja a la pobre Van den Eynde, que se caga en la madre que los trajo a todos porque sólo quiere silencio y mira a Juan con envidia: no se ha puesto el whisper.
Marta observa desde el otro lado de la nube de hachís al gracioso grupo: sus amigos del alma, esa panda de chuzos. ¿Qué es ese puntito titilante en su pupila? Una lágrima de emoción, tal vez, o de vergüenza ajena. Viendo que la cosa va para largo -Juan se empeña en que Diego "escuche" un CD que ya ha escuchado- decidimos acostarnos e intentar superar las emociones de la noche. Procedemos. Apagamos la luz.
En el silencio de la noche se escucha un pitido. Es el móvil de Hereje:

"Este finde si kereis subir a mi ksa es vuestra. Tu percate y tu teneis hab.Y si venis cn churri for mi mejor...hablamos"

Tras unos momentos de confusión, Van den Eynde dice: "Clarooo, es tu amigo, el del concierto, al que le diste tu número de teléfono [sic]. Hereje, hay que compartir el momento".
Ni la perfección del David de Miguel Ángel, ni la elegancia de las corbatas de Luis Aguilé pueden competir con el cuerpo desnudo de Hereje. Epatados por su entrepierna, apabullados ante tanta masculinidad, los tres amigos no logran entender qué cojones quiere ahora Hereje, que sale con el móvil en la mano y se empeña en que todos lean un mensaje absurdo. Y Hereje vuelve a la habitación sintiéndose incomprendido, una vez más.
Van den Eynde ha visto la luz: "Hereje, hombre de proporciones hercúleas, creo que he visto la luz. Y mi primer paso hacia dios es decírselo a la gente". Van den Eynde coge el móvil. Veinte minutos después, consigue enviar un mensaje:

Gracias tio,xo SOMOS TSTIGOS D JEOVAH Y STA NOCHE HEMOS HECHO 1 XCEPCION. NO PODMOKEDAR C NADIE DE FUERA,SALUDOS"

Tanta crueldad sólo puede venir de una mujer. Van den Eynde da por zanjada la breve, pero bonita amistad entre Hereje y su nuevo compi.
Cuatro de la mañana. Suena el móvil.

"Yo soy chiita.Yo no creo n nadie,solo creo n ls prsonas y m d igual k sean tstigs,dl opus,hare krisna,cristianos o sarracenos...Masones y su puta madre.Mi religion son la gente de buena fë"

Hereje tiene el segundo orgasmo de la noche. Sus afectos han mudado, de nuevo, y su corazón pertenece a su amigo, el del concierto. Van den Eynde se crece y disfruta del momento. Y en tremendo ataque de generosidad decide tirar el móvil por la ventana y dejar a Hereje que recupere el aliento.

Tercera aventura de Hereje y Van den Eynde. El Canijo (o cómo el fenómeno fans puede acabar con la dignidad de personas aparentemente normales)

Primera parte: El concierto

La noche madrileña. Espectáculo de contrastes: puedes ver en la tele un programa sobre maridos que hacen intercambio de marujas o aventurarte a un concierto de Kiko Veneno.

Miércoles noche. Hereje y Van den Eynde llegan tarde al concierto, que empieza a las nueve según informaciones poco contrastadas de Van den Eynde. La taquillera es firme: "No podéis pasar. Las puertas se abren a las diez". Van den Eynde tira balones fuera y distrae la atención de Hereje señalándole una jarra de cerveza fría.

Hereje hace el primer amigo de la noche mientras la intrépida pareja espera la apertura de puertas. Es fan de los Rolling y roza la cincuentena. La clase de tipo con la que Van den Eynde jamás mantendría una conversación. La clase de tipo a la que rociaría con espray antiviolador. Pero Hereje ya se siente cautivado por sus divertidas aventuras y le ha entregado el corazón.

Kiko se canta unos temas. La gente aplaude, pero allí no baila ni dios. Hereje, ese arrancacorazones de señoras maduras, hace la primera conquista de la noche. Ella tiene cuarenta y muchos y quiere su canuto. Él se lo da gustoso, una y otra vez.

El aire se enrarece. Kiko dice: "Bueno, aquí os presento a esta buena gente amiguetes míos, garrapateros de Jerez".

Dios. Son ellos. Los Delinqüentes.

Hereje comienza a convulsionarse. Van den Eynde lo mira con ojos desorbitados: ya no es el lindo caballerete que vende motos en Philips. "¡¡Amosssssssssssssssss!! ¡¡Garrrrrapaterossss!! ¡¡Amosssssssssssssssss!!". Se hace un círculo a su alrededor: nadie osa interponerse en el camino de un gruppie histérico y descontrolado.

Van den Eynde tiene la certeza de que jamás volverá a sacarlo de casa. La de cuarenta y muchos, sin embargo, se siente atraída como un imán hacia ese cuerpo que perdió la compostura cuando dos drogadictos salieron al escenario.

La canción termina. Los Delinqüentes se retiran a la zona VIP. Hereje los sigue con la mirada, sus ojos y su corazón lloran amargamente. Van den Eynde se enternece y toma la decisión, firme como la erección de un adolescente, de hacer feliz a Hereje. "Hereje, carne de mi carne, esta noche nos vamos a la zona VIP."

Cual Massiel un sábado noche, se dirige dando tumbos a la escalera de subida a la zona VIP. Un segurata le franquea el paso. Afortunadamente, Van den Eynde no se ha puesto sujetador. Saca pecho y utiliza sus armas de mujer. El segurata es un tipo duro y Van den Eynde vuelve a Hereje con una absoluta necesidad de medrar. "Por mis cojones, Hereje, que subimos" dice Van den Eynde mientras intenta escalar por uno de los muros que dan a la zona VIP. Hereje no está dispuesto a cargar con una borracha dislocada hasta casa, y urde un plan infalible.

"Hola, probablemente me vas a mandar a tomar por culo, pero tengo que intentarlo, o si no me muero. En la zona VIP está el Canijo y NECESITO darle un abrazo, porque soy un flipado de los Delinqüentes. De verdad, tía, no sabes lo importante que es para mí..." Una lágrima caía por la mejilla de la tipa que daba los pases VIP. Con mano temblorosa, le alargó un pase a Hereje. "Es que estoy con una chica". Oh, puñalada mortal, ¿cómo ocultar la decepción?

Hereje y Van den Eynde suben triunfantes por las escaleras. Ella, con el puño en alto, espetándole al segurata: "Hay que tener un poco de conciencia de clase, hostia, que no se puede ser tan facha trabajando de segurata". Hereje tira del brazo de Van den Eynde.

La zona VIP, el escalón superior. La high class de los chuzos, donde los cubatas son un euro más baratos. Paraíso de cocainómanos, homenaje constante y eterno a Carmina Ordóñez.

Mientras Van den Eynde apura otro gintonic Hereje saca su radar garrapatero. Pero, hete aquí, oh sorpresa, oh dolor, oh campos de soledad, oh mustios collados, que el Canijo no está donde creímos. Lo vemos tras dos pares de vallas, junto al escenario: tan cerca, tan lejos.

La embriaguez de Van den Eynde no ha nublado su inteligencia. La camarera ve cómo las sensuales curvas se acercan a ella, y saca la botella de Bombay. Tras duros esfuerzos Van den Eynde logra hacerse entender "dmeefo f`pfdkppoli". La camarera le presta un boli.

"Canijo. Dios. Ven aquí que te demos un abrazo, hostia."

Van den Eynde llama a gritos al segurata. Le da la nota. El segurata la lee. Van den Eynde sonríe. El segurata se percata de que Van den Eynde no lleva sujetador y también sonríe. Le pasa la nota al Canijo, que se gira y busca con la mirada. Van den Eynde saluda, agitando manos y pechos. El Canijo viene con los brazos abiertos, saboreando ya las carnes prietas de una fan borracha que se ofrece a él.

Pero apenas logra rozar su cuerpo. Algo lo arrastra lejos, hacia lugares que nunca quiso explorar. Recibe un beso largo, mucho más de lo que sus pulmones pueden tolerar. Se siente aprisionado. Hereje no va a soltar su presa. Palabras de amor y pasión que Van den Eynde jamás oyó salen de la boca de Hereje. Pero dirigidas al Canijo, que consigue meterse la mano en el bolsillo del pantalón.

Van den Eynde cierra los ojos. No quiere pervertir su mirada con un espectáculo de sodomía. Pero el Canijo saca el pito gaditano con el que, momentos antes, había estado amenizando al público y se lo da a Hereje, que suelta a su víctima para cogerlo. La emoción es mucha. Hereje rueda por el suelo con el pito entre las manos. Le hace el amor. El Canijo se esconde detrás de los seguratas, cagado de miedo. Jamás volverá a acercarse a un fan.

La lista de enfermedades de las que el Canijo es, probablemente, portador, resulta larga. Hereje chupa el pito sin conseguir sacar de él una mísera nota. Y mira al Canijo desde la distancia.

Así como las tribus del Amazonas recogen frutos para ofrecer a sus dioses, Hereje se hace un canuto para darle unas caladas al Canijo. Pero el garrapatero no se dejará atrapar de nuevo.

Solo, abandonado a su suerte, sin fans ni canutos está el guitarrista jevi de los Delinqüentes, venido a menos por culpa de la heroína. Hereje se le acerca y le da el canuto mientras Van den Eynde le susurra al oído: "Él os adora, pero yo creo que sois insoportables". Triste, deprimido, al borde del suicidio tal vez, el segundón abandona la zona VIP. Y se lleva el canuto.

La pareja se baila unos temas. Hereje ha hecho otro amigo. Vienen los bises. Acaba el concierto. Y el simpático amigo de Hereje quiere que seamos amigos más allá del concierto. Van den Eynde le da gustosa el número de teléfono. El de Hereje, claro. El simpático amigo se crece y disfruta del momento. Y en tremendo ataque de generosidad decidimos marcharnos y dejarlo que recupere el aliento.

Fin de la primera parte

Próximamente, segunda parte: El largo camino a casa

Segunda aventura de Hereje y Van den Eynde. Por esos mundos de dios

Nota de los autores: Al igual que Cervantes escribió la segunda parte del Quijote escandalizado por el apócrifo de Avellaneda, nos hemos visto obligados a redactar esta segunda y verdadera aventura de Hereje y Van den Eynde después de leer los apócrifos que circulan por la Red.

Galicia, tierra de contrastes. Puedes chuparle los sesos a toda una gama de bichos marinos. Pero ojo con hablar de fútbol.
La carretera hacia las Rías Altas es larga. Sobre todo si el copiloto duerme tres cuartas partes del viaje y sólo tienes como compañeros a los Hombres G. Van den Eynde se sentó a los mandos del puretamóvil.
Nada de ataques por sorpresa, esta vez: nadie se atrevería a rozar, ni tan siquiera a mirar, esa carita de bailarina de Lladró. Aunque adelantara por la derecha y fuera a 80 por el carril izquierdo.
Hereje desparramó todos sus miembros por el asiento del copi con ese saber estar de Majadahonda que lo caracteriza. Afortunadamente, no le huelen los pies. Se fumó un canuto y comenzó roncar. Angelito. Sólo despegó sus lindos párpados cuando Van den Eynde casi se salta el desvío a Rueda, Palacio de Bornos. El viaje estuvo a punto de convertirse en una larga peregrinación por las bodegas castellano-leonesas de no ser porque Van den Eynde repetía: "piensa en los percebes, ellos no van a estar esperándonos siempre".

Oh, Cedeira, la de las enormes vulvas
Desde tu paseo marítimo
Se huele el mariscazo, Cedeira.
Cual doncella virginal que muestra sus encantos
La tabernera exhibe impúdica las bandejas de percebes.
Llénanos los estómagos con tus jugos libidinosos, Cedeira
Repite una vez más que el medio kilo está a doce
Y voluptuosos sorberemos hasta el éxtasis

"Para qué andarnos con tonterías, Hereje. Vamos a lo grande." Tan a lo grande que en el primer restaurante superamos la centena de euros. Eso es mucho en Cedeira. Llorábamos sobre el lobrigante: no fuimos capaces de acabárnoslo.
Van den Eynde soñó todas las noches con los percebes que se comería al día siguiente. Y la realidad colmó sus espectativas.
Domingo por la tarde, tarde de fútbol. Bar gallego. Barra. Hereje pegado a la barra. Chupito de orujo pegado a Hereje. Van den Eynde pegada a chupito de orujo, y a veces a Hereje. ¿El partido?: Celta de Vigo contra Real Madrid. "En las pequeñas ciudades de provincias, la gente es del equipo de la provincia y luego de uno grande, el Real Madrid o el Barça. Aquí son del Deportivo de la Coruña, ergo están contra el Celta. Y en el Norte son más del Madrid, aunque depende de la zona: no hay que olvidarse del Barça." Es por este tipo de explicaciones por las que a veces Van den Eynde se queda como idiotizada mirando a Hereje. Aunque nadie sabe qué pasa por su cabecita.
La tabernera, abuela de cumbres canosas, júligan insatisfecha con la vida. Mujer de mundo, su mundo de cafeses y quinielas. No levanta medio metro del suelo, pero qué energía muestra en todo lo que hace. Es lo que Ana Botella define como "mujer mujer".
Los parroquianos: cinco tipos escapados de una boda, o tal vez de una convención de comerciales de DonPiso; una pareja de ¿homosexuales autóctonos?; otros cinco tipos, solos, graciosamente colocados formando un pentágono perfecto alrededor de la barra. Uno de ojos acuosos está pegado a Van den Eynde, intentando intercambiar su vaso de agua con ella por alguna razón que jamás preguntamos. Van den Eynde lo mira recelosa. Se siente desprotegida: Hereje se ha metido de lleno en el partido.
El Celta ha metido un gol. A la tabernera le tiembla el labio superior: es del Deportivo, y luego, del Madrid. Hereje, desconocedor de los términos "discrección", "contención", comienza a increparle. Ella lo mira, lo atraviesa. Afortunadamente para nuestra intrépida pareja, Van den Eynde aparenta ser del Madrid.
La tabernera siente pena por Van den Eynde, por tener de pareja a Hereje: "con lo mona que es esta chica", masculla. Y le dice a Van den Eynde que pegue a Hereje. Pero Hereje no se da por aludido: las bofetadas de Van den Eynde son caricias para él. Ha hecho migas con Parroquiano aburrido que intenta intercambio acuoso. Le propone un plan: "Si mete el Celta, hay que saltar, eh?".
Van den Eynde reza para que no meta el Celta. Hace mucho tiempo que Dios la abandonó. Hereje y Parroquiano saltan por el bar. La tabernera está a medio paso del infarto: "¡A la cárcel, hombre, fuera de aquí, desgraciaos! Me cago en la puta madre que te parió". Tiene un vaso en la mano, pero se contiene al ver los ojillos de Van den Eynde. Los ¿homosexuales autóctonos? se ríen un poquito. Ya era hora de que alguien le provocara un infarto a la jodida tabernera. Los cinco comerciales de DonPiso se han ido con gran pena, sus mujeres entraron a buscarlos, vestidas de gala. La polémica está servida: ¿para qué quedarnos a ver el segundo tiempo?
Hereje se crece y disfruta del momento. Y en tremendo ataque de generosidad decidimos marcharnos y dejarlos que recuperen el aliento.

Primera aventura de Hereje y Van den Eynde. La espeluznante historia del griego ultraortodoxo

Contada sin tildes por Hereje y Van den Eynde

Grecia es un pais de contrastes. Los paisanos son una gente maravillosa. Hasta que les tocas el coche.
28 de julio. Sami, puerto de Kefalonia. El asfalto estaba tan caliente que se podian freir huevos en el.
Nuestro coche: un jiundai atos con a/a, 10.000 km, cinco velocidades, color plata, estaba aparcado frente al cibercafe-tienda de moda para el joven griego actual y casual, esperandonos. Hereje llevaba las llaves. El era el piloto. Van den Eynde se sento gracilmente en el asiento del copi. Volviamos a nuestra casita feten, el a fumarse un canuto, ella a tomarse un moscatel. La maniobra de salida fue suave y sutil como la desfloracion de una virgen.
El coche se deslizaba sensualmente por la carretera, hacia el Norte. Hereje, con ese brazo tostado por el sol (mmmm) apoyado graciosamente en la ventanilla: le gusta conducir. Todo iba bien. Nos gusta Kefalonia. El estridente sonido de un claxon nos saco de nuestro extasis privado. Un jiundai atos con a/a, 10.000 km, cinco velocidades, color azul, conducido por un ser humano (o no) nos hacia gestos con la mano para que parasemos.
Hereje hizo una perfecta maniobra y preparo su mejor sonrisa para el griego, que se acercaba al coche. El primer punetazo le alcanzo el hombro. El segundo fue esquivado por los pelos: "Gotudepolis!! Yufbroquenmaicar!!". Una gran cruz cubria los pelos de su pecho. Era un hombre de fe.
Hereje se iba calentando mientras nos dirigiamos a la comisaria. Van den Eynde suplicaba, por dios, que se calmara. No sirvieron de nada sus ruegos al Divino. Hereje convirtio la puerta del coche en giratoria. Por primera vez, Griego Loco se sentia un poco achantado.
"Aiguantoputadenuns. Aiguantuputacleimonjim. Jijasjidmituais.Jiscreisi!!!", proferia Hereje con ese ingles perfecto, tan de barrio residencial de pueblo ingles, sin que se le moviera ni un pelo.
Entran en escena tres nuevos y divertidos personajes: Poli Bueno, Poli Malo y Traductora que no aporta nada a la historia. Poli Malo interrogaba a Griego Loco, que reopetia una y otra vez que le habiamos dado un golpe a algun coche relacionado de alguna manera con el, pero que jamas hemos visto. Poli Bueno (esa rubiaza griega, de medidas descomunales, piel de porcelana y sonrisa perenne segun Hereje, inexistente segun Van den Eynde)aguantaba los “Aiguantoputadenuns. Aiguantuputacleimonjim. Jijasjidmituais. Jiscreisi!!!" de Hereje. Van den Eynde se mantenia en un discreto, a la par que tremendamente elegante, segundo plano.
Poli Malo amenaza a Hereje con pasar la noche en el calabozo con Griego Loco para intimar un poco y aprender lo que es un griego si Hereje se empena en poner acleimonjin. Hereje duda. Van den Eynde apunta (en un alarde de suprema lucidez): dile que llamamos a la embajada, dios, que se caguen estos hijos de puta. Buena estrategia.
Poli Malo se acojona. Griego Loco tiene la cara desencajada. Traductora absurda llama sin parar por el movil. Poli Buena traduce a toda hostia y hay un tipo que no pinta nada y que nos mira todo el rato. Las tornas han cambiado: estos griegos hijos de puta nos la querian meter doblada y la pareja de espanolitos les ha salido rana.
Nos crecemos y disfrutamos del momento. Y en tremendo ataque de generosidad decidimos marcharnos y dejarlos que recuperen el aliento.