Nota de los autores: Al igual que Cervantes escribió la segunda parte del Quijote escandalizado por el apócrifo de Avellaneda, nos hemos visto obligados a redactar esta segunda y verdadera aventura de Hereje y Van den Eynde después de leer los apócrifos que circulan por la Red.
Galicia, tierra de contrastes. Puedes chuparle los sesos a toda una gama de bichos marinos. Pero ojo con hablar de fútbol.
La carretera hacia las Rías Altas es larga. Sobre todo si el copiloto duerme tres cuartas partes del viaje y sólo tienes como compañeros a los Hombres G. Van den Eynde se sentó a los mandos del puretamóvil.
Nada de ataques por sorpresa, esta vez: nadie se atrevería a rozar, ni tan siquiera a mirar, esa carita de bailarina de Lladró. Aunque adelantara por la derecha y fuera a 80 por el carril izquierdo.
Hereje desparramó todos sus miembros por el asiento del copi con ese saber estar de Majadahonda que lo caracteriza. Afortunadamente, no le huelen los pies. Se fumó un canuto y comenzó roncar. Angelito. Sólo despegó sus lindos párpados cuando Van den Eynde casi se salta el desvío a Rueda, Palacio de Bornos. El viaje estuvo a punto de convertirse en una larga peregrinación por las bodegas castellano-leonesas de no ser porque Van den Eynde repetía: "piensa en los percebes, ellos no van a estar esperándonos siempre".
Oh, Cedeira, la de las enormes vulvas
Desde tu paseo marítimo
Se huele el mariscazo, Cedeira.
Cual doncella virginal que muestra sus encantos
La tabernera exhibe impúdica las bandejas de percebes.
Llénanos los estómagos con tus jugos libidinosos, Cedeira
Repite una vez más que el medio kilo está a doce
Y voluptuosos sorberemos hasta el éxtasis
"Para qué andarnos con tonterías, Hereje. Vamos a lo grande." Tan a lo grande que en el primer restaurante superamos la centena de euros. Eso es mucho en Cedeira. Llorábamos sobre el lobrigante: no fuimos capaces de acabárnoslo.
Van den Eynde soñó todas las noches con los percebes que se comería al día siguiente. Y la realidad colmó sus espectativas.
Domingo por la tarde, tarde de fútbol. Bar gallego. Barra. Hereje pegado a la barra. Chupito de orujo pegado a Hereje. Van den Eynde pegada a chupito de orujo, y a veces a Hereje. ¿El partido?: Celta de Vigo contra Real Madrid. "En las pequeñas ciudades de provincias, la gente es del equipo de la provincia y luego de uno grande, el Real Madrid o el Barça. Aquí son del Deportivo de la Coruña, ergo están contra el Celta. Y en el Norte son más del Madrid, aunque depende de la zona: no hay que olvidarse del Barça." Es por este tipo de explicaciones por las que a veces Van den Eynde se queda como idiotizada mirando a Hereje. Aunque nadie sabe qué pasa por su cabecita.
La tabernera, abuela de cumbres canosas, júligan insatisfecha con la vida. Mujer de mundo, su mundo de cafeses y quinielas. No levanta medio metro del suelo, pero qué energía muestra en todo lo que hace. Es lo que Ana Botella define como "mujer mujer".
Los parroquianos: cinco tipos escapados de una boda, o tal vez de una convención de comerciales de DonPiso; una pareja de ¿homosexuales autóctonos?; otros cinco tipos, solos, graciosamente colocados formando un pentágono perfecto alrededor de la barra. Uno de ojos acuosos está pegado a Van den Eynde, intentando intercambiar su vaso de agua con ella por alguna razón que jamás preguntamos. Van den Eynde lo mira recelosa. Se siente desprotegida: Hereje se ha metido de lleno en el partido.
El Celta ha metido un gol. A la tabernera le tiembla el labio superior: es del Deportivo, y luego, del Madrid. Hereje, desconocedor de los términos "discrección", "contención", comienza a increparle. Ella lo mira, lo atraviesa. Afortunadamente para nuestra intrépida pareja, Van den Eynde aparenta ser del Madrid.
La tabernera siente pena por Van den Eynde, por tener de pareja a Hereje: "con lo mona que es esta chica", masculla. Y le dice a Van den Eynde que pegue a Hereje. Pero Hereje no se da por aludido: las bofetadas de Van den Eynde son caricias para él. Ha hecho migas con Parroquiano aburrido que intenta intercambio acuoso. Le propone un plan: "Si mete el Celta, hay que saltar, eh?".
Van den Eynde reza para que no meta el Celta. Hace mucho tiempo que Dios la abandonó. Hereje y Parroquiano saltan por el bar. La tabernera está a medio paso del infarto: "¡A la cárcel, hombre, fuera de aquí, desgraciaos! Me cago en la puta madre que te parió". Tiene un vaso en la mano, pero se contiene al ver los ojillos de Van den Eynde. Los ¿homosexuales autóctonos? se ríen un poquito. Ya era hora de que alguien le provocara un infarto a la jodida tabernera. Los cinco comerciales de DonPiso se han ido con gran pena, sus mujeres entraron a buscarlos, vestidas de gala. La polémica está servida: ¿para qué quedarnos a ver el segundo tiempo?
Hereje se crece y disfruta del momento. Y en tremendo ataque de generosidad decidimos marcharnos y dejarlos que recuperen el aliento.
Mis niños siguen eclipsados. Yo sigo leyendo. Y me reitero en el comentario primero (ero-ero-ero).