Primera parte: El concierto

La noche madrileña. Espectáculo de contrastes: puedes ver en la tele un programa sobre maridos que hacen intercambio de marujas o aventurarte a un concierto de Kiko Veneno.

Miércoles noche. Hereje y Van den Eynde llegan tarde al concierto, que empieza a las nueve según informaciones poco contrastadas de Van den Eynde. La taquillera es firme: "No podéis pasar. Las puertas se abren a las diez". Van den Eynde tira balones fuera y distrae la atención de Hereje señalándole una jarra de cerveza fría.

Hereje hace el primer amigo de la noche mientras la intrépida pareja espera la apertura de puertas. Es fan de los Rolling y roza la cincuentena. La clase de tipo con la que Van den Eynde jamás mantendría una conversación. La clase de tipo a la que rociaría con espray antiviolador. Pero Hereje ya se siente cautivado por sus divertidas aventuras y le ha entregado el corazón.

Kiko se canta unos temas. La gente aplaude, pero allí no baila ni dios. Hereje, ese arrancacorazones de señoras maduras, hace la primera conquista de la noche. Ella tiene cuarenta y muchos y quiere su canuto. Él se lo da gustoso, una y otra vez.

El aire se enrarece. Kiko dice: "Bueno, aquí os presento a esta buena gente amiguetes míos, garrapateros de Jerez".

Dios. Son ellos. Los Delinqüentes.

Hereje comienza a convulsionarse. Van den Eynde lo mira con ojos desorbitados: ya no es el lindo caballerete que vende motos en Philips. "¡¡Amosssssssssssssssss!! ¡¡Garrrrrapaterossss!! ¡¡Amosssssssssssssssss!!". Se hace un círculo a su alrededor: nadie osa interponerse en el camino de un gruppie histérico y descontrolado.

Van den Eynde tiene la certeza de que jamás volverá a sacarlo de casa. La de cuarenta y muchos, sin embargo, se siente atraída como un imán hacia ese cuerpo que perdió la compostura cuando dos drogadictos salieron al escenario.

La canción termina. Los Delinqüentes se retiran a la zona VIP. Hereje los sigue con la mirada, sus ojos y su corazón lloran amargamente. Van den Eynde se enternece y toma la decisión, firme como la erección de un adolescente, de hacer feliz a Hereje. "Hereje, carne de mi carne, esta noche nos vamos a la zona VIP."

Cual Massiel un sábado noche, se dirige dando tumbos a la escalera de subida a la zona VIP. Un segurata le franquea el paso. Afortunadamente, Van den Eynde no se ha puesto sujetador. Saca pecho y utiliza sus armas de mujer. El segurata es un tipo duro y Van den Eynde vuelve a Hereje con una absoluta necesidad de medrar. "Por mis cojones, Hereje, que subimos" dice Van den Eynde mientras intenta escalar por uno de los muros que dan a la zona VIP. Hereje no está dispuesto a cargar con una borracha dislocada hasta casa, y urde un plan infalible.

"Hola, probablemente me vas a mandar a tomar por culo, pero tengo que intentarlo, o si no me muero. En la zona VIP está el Canijo y NECESITO darle un abrazo, porque soy un flipado de los Delinqüentes. De verdad, tía, no sabes lo importante que es para mí..." Una lágrima caía por la mejilla de la tipa que daba los pases VIP. Con mano temblorosa, le alargó un pase a Hereje. "Es que estoy con una chica". Oh, puñalada mortal, ¿cómo ocultar la decepción?

Hereje y Van den Eynde suben triunfantes por las escaleras. Ella, con el puño en alto, espetándole al segurata: "Hay que tener un poco de conciencia de clase, hostia, que no se puede ser tan facha trabajando de segurata". Hereje tira del brazo de Van den Eynde.

La zona VIP, el escalón superior. La high class de los chuzos, donde los cubatas son un euro más baratos. Paraíso de cocainómanos, homenaje constante y eterno a Carmina Ordóñez.

Mientras Van den Eynde apura otro gintonic Hereje saca su radar garrapatero. Pero, hete aquí, oh sorpresa, oh dolor, oh campos de soledad, oh mustios collados, que el Canijo no está donde creímos. Lo vemos tras dos pares de vallas, junto al escenario: tan cerca, tan lejos.

La embriaguez de Van den Eynde no ha nublado su inteligencia. La camarera ve cómo las sensuales curvas se acercan a ella, y saca la botella de Bombay. Tras duros esfuerzos Van den Eynde logra hacerse entender "dmeefo f`pfdkppoli". La camarera le presta un boli.

"Canijo. Dios. Ven aquí que te demos un abrazo, hostia."

Van den Eynde llama a gritos al segurata. Le da la nota. El segurata la lee. Van den Eynde sonríe. El segurata se percata de que Van den Eynde no lleva sujetador y también sonríe. Le pasa la nota al Canijo, que se gira y busca con la mirada. Van den Eynde saluda, agitando manos y pechos. El Canijo viene con los brazos abiertos, saboreando ya las carnes prietas de una fan borracha que se ofrece a él.

Pero apenas logra rozar su cuerpo. Algo lo arrastra lejos, hacia lugares que nunca quiso explorar. Recibe un beso largo, mucho más de lo que sus pulmones pueden tolerar. Se siente aprisionado. Hereje no va a soltar su presa. Palabras de amor y pasión que Van den Eynde jamás oyó salen de la boca de Hereje. Pero dirigidas al Canijo, que consigue meterse la mano en el bolsillo del pantalón.

Van den Eynde cierra los ojos. No quiere pervertir su mirada con un espectáculo de sodomía. Pero el Canijo saca el pito gaditano con el que, momentos antes, había estado amenizando al público y se lo da a Hereje, que suelta a su víctima para cogerlo. La emoción es mucha. Hereje rueda por el suelo con el pito entre las manos. Le hace el amor. El Canijo se esconde detrás de los seguratas, cagado de miedo. Jamás volverá a acercarse a un fan.

La lista de enfermedades de las que el Canijo es, probablemente, portador, resulta larga. Hereje chupa el pito sin conseguir sacar de él una mísera nota. Y mira al Canijo desde la distancia.

Así como las tribus del Amazonas recogen frutos para ofrecer a sus dioses, Hereje se hace un canuto para darle unas caladas al Canijo. Pero el garrapatero no se dejará atrapar de nuevo.

Solo, abandonado a su suerte, sin fans ni canutos está el guitarrista jevi de los Delinqüentes, venido a menos por culpa de la heroína. Hereje se le acerca y le da el canuto mientras Van den Eynde le susurra al oído: "Él os adora, pero yo creo que sois insoportables". Triste, deprimido, al borde del suicidio tal vez, el segundón abandona la zona VIP. Y se lleva el canuto.

La pareja se baila unos temas. Hereje ha hecho otro amigo. Vienen los bises. Acaba el concierto. Y el simpático amigo de Hereje quiere que seamos amigos más allá del concierto. Van den Eynde le da gustosa el número de teléfono. El de Hereje, claro. El simpático amigo se crece y disfruta del momento. Y en tremendo ataque de generosidad decidimos marcharnos y dejarlo que recupere el aliento.

Fin de la primera parte

Próximamente, segunda parte: El largo camino a casa