Segunda parte: El largo camino a casa
El puretamóvil, coche de contrastes: en él reposan el culo altos ejecutivos de la Philips. Mentes inocentes que ni se imaginan la cantidad de usos que tiene el asiento del copiloto, otomana de placer. Hereje le ofrece las llaves a Van den Eynde, que falla en la recepción media docena de veces. Hereje capta la indirecta y sube al coche mientras Van den Eynde expulsa su último gintonic entre refinadas arcadas. Arrancar el coche, tarea difícil. El pureta se cala como un perro bajo el chaparrón y Van den Eynde recobra la cordura después de cinco golpes contra el cristal.
La Bebe pasea tranquila por el parking. Ha disfrutado del concierto. Un salto flexible y ágil la salva de morir atropellada.
Hereje se siente feliz e inspirado. Es el momento de las promesas de amor eterno al Canijo y su pito. Imagina el altar para el pito; se decanta por el clásico mueble vitrina. "Por encima de mi cadáver". Hay pocas cosas de las que Van den Eynde esté tan segura.
Con tanta emoción el puretamóvil se salta varios semáforos. Por el camino deja, además de la Bebe: dos peatones infartados, dos eskins ofendidos y un conductor bastante cabreado.
En la calle Gonzalo de Córdoba cunde la alarma. "¡Dios, Hereje, nos han cambiado las llaves, la puerta no se abre!" Hereje mira a su alrededor, desconcertado. Van den Eynde se ha confundido de piso.
En el nido de amor de Hereje se aburren Juan, Marta y Diego. "Los muy desgraciados quieren sus diez segundos de fama en nuestras aventuras, Hereje." Ese coloso, ese hombre feliz esgrime amenazante el pito del Canijo ante la mirada transtornada de los presentes. Diego, el de las mil lenguas, insulta a Hereje por no haberlo llevado y le come la oreja a la pobre Van den Eynde, que se caga en la madre que los trajo a todos porque sólo quiere silencio y mira a Juan con envidia: no se ha puesto el whisper.
Marta observa desde el otro lado de la nube de hachís al gracioso grupo: sus amigos del alma, esa panda de chuzos. ¿Qué es ese puntito titilante en su pupila? Una lágrima de emoción, tal vez, o de vergüenza ajena. Viendo que la cosa va para largo -Juan se empeña en que Diego "escuche" un CD que ya ha escuchado- decidimos acostarnos e intentar superar las emociones de la noche. Procedemos. Apagamos la luz.
En el silencio de la noche se escucha un pitido. Es el móvil de Hereje:
"Este finde si kereis subir a mi ksa es vuestra. Tu percate y tu teneis hab.Y si venis cn churri for mi mejor...hablamos"
Tras unos momentos de confusión, Van den Eynde dice: "Clarooo, es tu amigo, el del concierto, al que le diste tu número de teléfono [sic]. Hereje, hay que compartir el momento".
Ni la perfección del David de Miguel Ángel, ni la elegancia de las corbatas de Luis Aguilé pueden competir con el cuerpo desnudo de Hereje. Epatados por su entrepierna, apabullados ante tanta masculinidad, los tres amigos no logran entender qué cojones quiere ahora Hereje, que sale con el móvil en la mano y se empeña en que todos lean un mensaje absurdo. Y Hereje vuelve a la habitación sintiéndose incomprendido, una vez más.
Van den Eynde ha visto la luz: "Hereje, hombre de proporciones hercúleas, creo que he visto la luz. Y mi primer paso hacia dios es decírselo a la gente". Van den Eynde coge el móvil. Veinte minutos después, consigue enviar un mensaje:
Gracias tio,xo SOMOS TSTIGOS D JEOVAH Y STA NOCHE HEMOS HECHO 1 XCEPCION. NO PODMOKEDAR C NADIE DE FUERA,SALUDOS"
Tanta crueldad sólo puede venir de una mujer. Van den Eynde da por zanjada la breve, pero bonita amistad entre Hereje y su nuevo compi.
Cuatro de la mañana. Suena el móvil.
"Yo soy chiita.Yo no creo n nadie,solo creo n ls prsonas y m d igual k sean tstigs,dl opus,hare krisna,cristianos o sarracenos...Masones y su puta madre.Mi religion son la gente de buena fë"
Hereje tiene el segundo orgasmo de la noche. Sus afectos han mudado, de nuevo, y su corazón pertenece a su amigo, el del concierto. Van den Eynde se crece y disfruta del momento. Y en tremendo ataque de generosidad decide tirar el móvil por la ventana y dejar a Hereje que recupere el aliento.
Escribe un comentario